Saturday, January 26, 2008

LA PALMA CHILENA.......

Su vulnerabilidad.

Las características de la planta hacen que ella sea muy vulnerable a la depredación y que en un momento se le incluyó entre las especies en peligro de extinción. Afortunadamente, algo se ha progresado y a través de los recorridos por reductos y parques se advierte el despertar de una conciencia ecológica y respeto que está influyendo en el comportamiento ciudadano; pero aún es insuficiente.

Es interesante consignar la respuesta que han tenido algunos de los propietarios de los principales palmares y la acción de CONAF a la que, lamentablemente, la legislación proteccionista no entrega suficientes atribuciones y recursos para proyectar una acción más efectiva en la conservación de la especie.

Aun así, se ha logrado que en algunas de las concentraciones relictas se le conserve y multiplique en cantidades apreciables. El balance respecto al futuro es, por lo tanto, relativamente promisorio, como lo demuestran los estudios relativos a los últimos treinta años.

Sin embargo, quedan muchos esfuerzos por hacer, tales como la recuperación de algunos lugares, tales como las partes altas de Viña del Mar y Valparaíso, y aquellos que están abiertos, abandonados a su suerte y en proceso de degradación. Es preciso, también, forestar una serie de lugares tan aptos como aquellos a los que se refiere este trabajo. Por último, y muy especialmente, es necesario poblar nuestros parques urbanos y rurales con esta especie que reinó en ellos en el pasado y de la cual se muestran algunos bellos ejemplos vigentes.

Existen otras características de la palma chilena que han conspirado contra su supervivencia. La principal de ellas es la exquisita miel de palma, producto muy preciado, incluso de exportación, para cuya obtención es preciso sacrificar la planta, que debe ser volteada, deshojada y herida en su extremo, para que durante dos años vierta su savia en un recipiente, cuyo producto es elaborado mediante un complejo proceso artesanal o industrial.

Curiosamente, Bascuñán (1), en un estudio publicado el año 1889 en el Boletín de la Sociedad Nacional de Agricultura, explica otro procedimiento en boga en esos años, que no requería sacrificar la planta. Consistía éste en practicar incisiones en la parte superior del tronco, por las que escurría la savia durante los meses de actividad vegetativa. Ello no ocasionaba la muerte del árbol. Un procedimiento similar al que se practica para obtener el caucho, que permite la recuperación de la planta, pudiendo incluso fructificar. Este sistema se recomendaba para las palmas productoras, dejando el sacrificio de la planta solo para aquellas que requerían raleo, que estaban mal conformadas, o eran improductivas.

Estos procedimientos, según la citada fuente, los conocían ya los habitantes prehispánicos de los valles donde existía la especie, métodos que se generalizaron, adoptándose más tarde, por razones económicas solo aquel que es de mayor rendimiento y que obliga a sacrificar la planta.

María Graham (6) constata y describe en 1822 cómo se sacrificaban las palmas de Valparaíso para hacer miel artesanalmente.

Alrededor del año 1950, surgen las primeras denuncias, que desembocan en la legislación protectora actual, que solo permite la explotación de palmas caídas en forma natural o aquellas que autorice un plan de manejo, controlado por la Corporación Nacional Forestal, el cual se ha estado aplicando en la Hacienda Las Palmas de Cocalán, que produce miel, dando como resultado un gran aumento de la especie, al obligar a plantar diez por cada una que sea sacrificada.

El valor de sus frutos, los famosos coquitos, ha despertado el interés exportador y comercial. De este modo, en la mayor parte de los reductos casi no se produce renovación en forma espontánea, pues los coquitos -su semilla- que son de lenta germinación, son recolectados, ya sea en forma familiar, artesanal o industrial, y no quedan en el suelo los suficientes para regenerar el bosque, muy en especial en aquellos lugares en que existe mayor presión humana. En otros lugares, la depredación se produce, además, por el interés en sus hojas, que se usan como escobas y también como adorno para ciertas fiestas religiosas o patrióticas.

En los sectores con mayor presencia humana y sin control, se le mutila, se degusta su delicioso palmito, que es su único brote regenerador de nuevo follaje y con ese acto se produce la muerte de la planta.

Su lenta germinación y crecimiento la expone a no llegar a su mayoría de edad. Su etapa infantil, en la que puede ser presa de talaje, incendio o atropello, tarda entre diez y quince años. A esas alturas, comienza recién a desarrollar su tronco, el que por su configuración es resistente a los peligros antes mencionados. Para llegar a tener unos seis metros de altura, se requieren alrededor de treinta años, y entre cuarenta y sesenta para que fructifique. Entonces se produce un adelgazamiento y su desarrollo se hace aún mas lento, pero ya ha sorteado los mayores peligros y puede vivir milenios, superando períodos de prolongadas sequías. Su muerte natural se origina en algún temporal de viento que pudiera voltearla o en la pérdida de sustentación por deterioro de la base del tronco o sus raíces (17).

Una característica notable de los ejemplares adultos es su resistencia al incendio. La configuración de su tronco no es como la de los otros árboles en que la corteza contiene el fluoema, o anillo por el cual sube la savia, el cual queda expuesto al eventual fuego. En tanto las palmeras no presentan la estructura de anillos, sino una distribución fibrosa, en la cual los vasos capilares que suben la savia están un tanto alejados del calor del fuego.

Su longevidad y antiguedad.

Una investigación practicada durante mis recorridos en todas las agrupaciones naturales visitadas y en numerosos parques antiguos, permite asegurar que el proceso de adelgazamiento descrito anteriormente se inicia lentamente y se hace notorio después de que el árbol ha fructificado, manteniendo el grueso tronco de la base y generando un espigado "cuello de botella" que, como es el caso en los ejemplares prehispánicos más antiguos, llega a duplicar y triplicar la altura del sector de base (ejemplares de quinientos, mil y más años).

Los individuos de mayor antigüedad que hemos podido registrar y fotografiar y que se incluyen en el presente trabajo, son el llamado "La Capitana", que se encuentra en la Cuenca de Cocalán y tiene 28 metros de altura de tronco; uno muy poco conocido, de similar desarrollo, que se ubica en plena ciudad de La Serena y un tercero que se encuentra en el lugar llamado "El Oasis de La Campana". La data del primero es de entre mil quinientos y dos mil años, edad a la cual podrían aproximarse también los otros dos.

Es obvio concluir, por lo tanto, que muchos de los ejemplares relictos que se muestran en este trabajo conocieron los afanes de los conquistadores, de los fundadores de ciudades y las epopeyas de nuestros Padres de la Patria.

Hemos podido comprobar que en los bosques y parques plantados artificialmente desde los inicios de la colonización, se observan, por lo general, ejemplares que solo insinúan el angostamiento inicial, no alcanzando, por lo general, las proporciones de las palmeras prehispánicas, de una mitad a una tercera parte gruesa en la base y hasta dos tercios en el adelgazamiento superior. Existen plantaciones artificiales muy antiguas, como las de San Pedro de Alcántara, Bucalemu y otras, de las cuales se muestran algunos ejemplos de individuos de cuello desarrollado con largueza y que por ello se ubican entre los más ancianos que haya conocido, pertenecientes a la categoría posthispánica. Algunos de éstos presentan las proporciones de los ejemplares relictos.

Un método aproximado para calcularles la edad es a partir de los surcos que dejan en el tronco las hojas al caer, marcando en forma helicoidal una vuelta por año. Este método no ofrece una certeza científica, pero permite una aproximación razonable.

Una observación muy personal, que se remonta a aquellas palmas ligadas a mi niñez, fue transmitida por mi padre, Alfredo Correa Armanet, agricultor e ingeniero agrónomo, a quien he tenido en mi recuerdo y devoción en muchas páginas de este libro. Él recordaba que aquellas habían fructificado por primera vez en el año 1915. Estas palmas debieron ser plantadas alrededor del año 1860. Hoy, a más de ochenta años de dar frutos, en una de ellas es apreciable solo un leve angostamiento en la parte superior de su tronco. La otra ha hecho un cuello bastante más significativo, aunque no alcanza las proporciones de los ejemplares descritos como relictos.

Al hacer estos recuerdos, surge una anécdota muy sabrosa que papá relataba. El tío Ernesto Armanet quiso comprar dos palmeras gigantescas, que se muestran en el texto. Su dueño, don Benito Valdivia, negase a la venta, con esa tozudez castellana de los nobles representantes de nuestra clase media campesina. Luego de muchas insistencias, tentadoras ofertas y mucha negativa, tío Ernesto pregunta: ¿Y qué puedo hacer para obtener unas palmas como éstas? La respuesta no se hace esperar. Breve y parca: ¡Siembre coquitos!

Estas y aquellas palmeras que se muestran en Valdivia de Lontué y la Isla de Lontué tienen características similares y fueron plantadas en la misma época, a mediados del siglo pasado, alcanzando, a la fecha, unos ciento cincuenta años, según antecedentes recogidos de la tradición familiar.

Su utilización.

Sin perjuicio de la cosecha de sus frutos, la fabricación de miel de palma y su importancia en el paisajismo y el turismo, Danneman (16) habla de una subcultura que se ha gestado en los lugares donde se encuentran los bosques relictos de la palma chilena. En ellos, los campesinos utilizan su follaje para construir viviendas y bodegas, muros, techumbres, cubiertas, cierros y puentes. Por otra parte, el uso de sus hojas como escobas; de sus espatas, canoa fibrosa y muy firme que contiene el racimo, como recipiente o canaleta, y tanto las hojas como las espatas pueden todavía ser vistas en algunas reservas, utilizadas de diversas formas. Finalmente, también se empleó la fibra de su tronco para la fabricación de papel.

Todo lo anterior demuestra las múltiples aplicaciones de la especie, que utilizada con un manejo racional y controlado, pueden influir en un mejoramiento de las condiciones socioeconómicas de la población en lugares con pocas alternativas de uso y en un estímulo para propagar y multiplicar la especie.

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